¡Por fin!, por fin lo dijo: "Susy, es mi niña". Y lo dijo frente a todos y me tomó de la mano otra vez. Chale, ahora sí me sentí como una niña abrazada por su madre. Hoy me levanté tempras; quería estar antes de que ella llegara a la oficina, quería ser la primera en sonreírle. Soñé con ella. En mi sueño veo la amabilidad con que trata al Hombre Sin-Razón del CCU. Al hombre que suele desquiciar a los vigilantes justo en la entrada de la sala. El hombre del que todos huyen. El hombre de las afueras. Ambos están en el interior de la sala. Dialogan. Parece que la charla es amena. Ella fija la atención en el diálogo. Él tiene la vista extraviada e intenta mirarla de frente. Caminan juntos. Parece que es un gran tramo el que recorren, pero en realidad sólo se acercan a una puerta. La principal. Ella posee la llave. Es la única autorizada para abrirla. Entonces, introduce la llave con naturalidad. La puerta se abre y el hombre de la mirada extraviada sale. Desaparece. El sueño termina.
Sé, lo sé, "la enfermedad se ha ido". Sonreímos juntas. Se lo dije, le platiqué mi sueño mientras caminábamos rumbo al estacionamiento. "La enfermedad se ha ido". Lo sé. Lo sé.
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