domingo, 17 de agosto de 2008

8 minutos
Cuando papá falleció, la tristeza comenzó a dibujarse en cada gesto familiar. Era una tristeza compartida. Fue también la primera ocasión que vi llorar a mi hermano. Su rostro seco se humedeció. Vi caer dos líneas verticales. Dos lágrimas. Apartir de entonces su cabello tomó un color grisáceo. A veces se rapta y luego aparece esa extraña aura blanca alrededor de su cabeza. Parece un monje vestido de atleta subiendo la montaña. Un hombre místico.
*
Papá también tenía un cuerpo atlético y a diferencia de mi hermano, nunca lo vi llorar.
*
Los primeros días el hombre místico nos llevó a caminar a la montaña. Alrededor de árboles de pino. Una presa. La Brockman. Nada nos confortaba. Evitábamos las miradas. Las propias, nos provocaban llanto. Las ajenas, compasión. Deseábamos estar lejos. Muy lejos.
*
El hombre místico decidió una mañana ir a Querétaro. Viajar. Yo estaba deprimida. Mamá también. Y las otras, mis hermanas. Sólo hacia falta despertar para volver a la cama. Nadie quería salir del dolor. Hacia Frío.
*
El hombre místico y mis hermanas alrededor de mi madre. Una de ellas se pelea por sentarse a su derecha, a su izquierda; el sitio exacto no importa, quieren toda la atención de mamá. Y ella dice: "Susy, junto a mí". Y entonces como junto a ella en silencio mientras mis hermanos hablan, hablan y hablan. El hombre místico ordena el segundo platillo, mis hermanas lo secundan y mi madre los observa. Ella no pide nada. Sólo dice: "Susy, tu café ya se enfrió. Pide otro caliente". Y yo sólo miro a mi mamá.
*
Cuando papá falleció. El hombre místico y mis hermanas trataron de proteger a mamá del dolor. De un dolor nuevo. Y yo no sabía cómo alguien puede proteger a otro de algo así. Sentí miedo. Y busqué entonces el cobijo de mi madre. La busqué a ella para que me protegiera de eso. De todo eso.
*
De todo eso que deja la muerte.
*
Mamá hemos transitado juntas estos casi nueve meses. Te he visto ir hacia dentro de ti y salir fuerte. Amorosa.
*
Mamá y yo caminamos juntas. Siempre invariablemente me toma de la mano como cuando niña. Su mano y la mía son una. Ahora suelo ir cada domingo a misa con ella. Comulgamos. Oramos. Vivimos.
*
Mamá me pide que le tome fotografías a las flores que ha plantado. Geranios. Rosas. Claveles. Girasoles. Fotografías de nuestra casa.
*
Mamá me besa, me abraza y me bendice cada que regreso a la ciudad.
*
El hombre místico corre por la montaña. Mis hermanas salen y entran de casa. Mis sobrinos juegan con sus perros. Y yo tengo fe: Padre, estás entre nosotros. Lo sé.

viernes, 15 de agosto de 2008

Bienvenida

Se me ocurre que vas a llegar distinta
no exactamente más linda
ni más fuerte
ni más dócil
ni más cauta
tan sólo que vas a llegar distinta
como si esta temporada de no verme
te hubiera sorprendido a vos también
quizá porque sabes
cómo te pienso y te enumero

después de todo la nostalgia existe
aunque no lloremos en los andenes fantasmales
ni sobre las almohadas de candor
ni bajo el cielo opaco

yo nostalgio
tú nostalgias
y cómo me revienta que él nostalgie

tu rostro es la vanguardia
tal vez llega primero
porque lo pinto en las paredes
con trazos invisibles y seguros

no olvides que tu rostro
me mira como pueblo
sonríe y rabia y canta
como pueblo
y eso te da una lumbre
inapagable
ahora no tengo dudas
vas a llegar distinta y con señales
con nuevas
con hondura
con franqueza
sé que voy a quererte sin preguntas
sé que vas a quererme sin respuestas.

Mario Benedetti
--sbc

martes, 12 de agosto de 2008

El tiempo no es una línea sino una dimensión, como las dimensiones del espacio. Si puedes doblar el espacio, también puedes doblar el tiempo.

No se mira hacia atrás en el tiempo, sino hacia abajo, a través de él, como en el agua. A veces sale esto a la superficie; a veces, aquello; a veces, nada. Nada se pierde.

pulmón de acero
ojo de gato
margaret atwood

quiero tener amistades, concretamente niñas. Quiero amigas. Sé que existen, pues he leído sobre ellas en libros, pero nunca he tenido ninguna amiga porque nunca hemos permanecido el tiempo suficiente en ninguna parte.

papel de plata
ojo de gato
margaret atwood

Vancouver es la capital nacional del suicidio. Avanza hacia el oeste hasta que se acaba. Llegas al borde. Y te caes.

Las bombachas del imperio
ojo de gato
margaret atwood

--sbc
Sabina
(versión corregida)
Quien se va, deja algo en el otro. Ella lo sabía. Mientras ambos esperaban impacientes a que el grupo llegara, una suave neblina cubría la entrada del portal. Había visitantes extranjeros subiendo a los vehículos. El recorrido iniciaría pronto por los alrededores de la zona montañosa. Paola bajó de un jeep negro. Se acercó. Sonrió. Él las presentó.
--Sabina.
--Paola. ¿Hace mucho que esperan? Perdón por el retraso.
No hubo respuesta. Él interrumpió entonces --Todavía no llegan. Esperaremos otro rato.
El frío de la mañana congelaba sus rostros. Sabina tenía la piel clara y un sutil rubor en las mejillas. Su miraba era penetrante. Observaba con detenimiento la entrada. Paola se sintió atraíada por su impaciencia. Los minutos transcurrienron lentos.
Alguien se detuvo a saludar a Paola. Sus cuerpos se envolvieron con la fuerza de un abrazo amoroso. Rieron a carcajadas. Cómplices de la farsa. Se despidieron con un beso en los labios.
--¿Todavía no llegan? Seguiremos congenlándonos aquí --interrogó Paola.
--Congelándonos --dijo Sabina de mala gana--. Pero sí tú traes ese abrigo. Y dirigió la vista hacia el joven que salía del portal.
--¿Cuánto más? Debemos aprovechar la mañana --dijo Paola.
El hombre que las acompañaba se sacudió el rocío de la boina y volvió a acomodarla en su cabeza. --Iré a hacer algunas llamadas --Y se alejó.
Paola tenía enfrente el rostro de Sabina. Lo miró extasiada por segundos. De inmediato, sacó un pañuelo de su abrigo. Sabina giró.
--¿Estás nerviosa? preguntó Paola. Y se cubrió la boca para estornudar.
--Ya es muy tarde.
--¿Tienes miedo?
--¿Miedo?
--Sí. Miedo.
--De cualquier manera pronto caerá una tormenta.
--Claro, la tormenta.
--Ellos vendrán.
--¿Vendrán?
La lluvia empezó a caer recio. Paola sonriente le indicó el camino. Se acercaron a la entrada del portal. Todos habían desaparecido. Sólo estaban las dos. --Es la tormenta. Todos le huyen.
--¿Tú también?
--No. ¿Y tú?
Sus miradas se imantaron. Entonces Sabina extendió sus brazos alrededor del cuerpo de Paola. Hubo un largo silencio. Sereno. Paola tomó las manos congeladas de Sabina. Las frotó con las suyas. Las besó. Y luego, las atrajo al interior de su abrigo. Un soplo furioso recorrió su piel. No supo más. Las aguas que fluyeron aquella mañana fueron registradas por el meteorológico como un vórtice, como ese flujo circular que gira en torno a un centro: Sabina.
--sbc

miércoles, 6 de agosto de 2008

Alejandro Santiago me escribe

Esa buena Susy, cómo andas; he pasado a visitarte en la UNAM, olvidando las vacaciones y claro que no te encontré, supongo andarás en esas tierras del estado de México, con lecturas interminables, con reflexiones en medio de la ruralidad mexicana, quizá recomponiendo tus orígenes, o simplemente contemplando esa ruralidad acomodarse tímidamente en los referentes de una chica citadina, así que visualizando tus andanzas veraniegas, te saludo, te envió un fuerte abrazo en lo que una cíclica universidad instala de nuevo su rutina... abrazos entonces
entonces... pienso, Alex, de verdad, tú si me conoces. ¿Quién se atrevería a pensar, a afirmar que la amistad entre un hombre y una mujer no es posible?
--sbc

viernes, 27 de junio de 2008

Nan
Una tal Nan me ha devuelto el ánimo morboso. La sigo desde todos los ángulos posibles. Mi vista es frontal. Mis ojos se clavan en su cuello. Son dos órbitas imantadas a un tallo suave. Una caricia instántanea cuando articula mi nombre. Entonces ella atrapa con sus labios mis ojos y los besa. Es Nan quien desvela mi sueño. La mirada oblicua cuando su cuerpo-fantasma desaparece en el aire. La fiebre me hunde en una pesadilla perversa: muerdo su piel, trituro sus cuerdas hasta dejar de oír un nombre. La sangre inunda mi garganta. Despierto. Dos caracoles atraviesan mi cuerpo. Lentos. Mis ojos extraviados la persiguen "Nan, Nan, Nan".

domingo, 6 de abril de 2008

Tan lejos, tan cerca

Asistimos a un bautizo. Y mientras retiran los platos semivacíos y sirven el postre, mi hermano reparte estampitas entre los familiares lejanos --primos, tíos, etcétera, etcétera--. La imagen: mi padre. El perfil de un hombre barbado. Recio. La mirada. Lejana. Inalcanzable. (Esa fotografía ya revelaba tu secreto: la oscuridad de tus ojos)

Foto en blanco y negro
sin fecha

Ay Papá, si vieras! si vieras en lo que tu imagen se ha convertido. La renovada presencia que te convierte ya en un santo. El santo familiar de nuestros rezos. ¡Válgame Dios!
Y a ti, Padre Santo, dame la paz necesaria para amar a mis hermanos. Y aceptar lo que irremediablemente no puedo cambiar. Amén.
--sbc

Datos personales

Mi foto
Vivo en Amsterdam 62. Bis.