domingo, 26 de abril de 2009

En la fiesta de la rosa del CCU, su voz me guió a su encuentro. Ahí en medio de la multitud miré su perfil, su gesto cansado que intentaba dialogar con su interlocutor. Alrededor máquinas y unas cuantas personas que observaban en silencio. Nadie debe hablar, era la indicación. Se graba.

Ella salió minuntos después de la cabina improvisada. El azar nos colocó frente a frente. Una persona interrumpió antes nuestro abrazo fraterno. Una sonrisa. Un encuentro breve. Cálido. Se fue. Yo igual. Nada en ese lugar tenía sentido para mí. Ningún libro. Ningún autor. Nada. Pero la encontré como el verso de un poema de San Juan de la Cruz. Fue una aparición. Fue la Rosa de la Fiesta.
*
Cuando me despedí, tardé algunos segundos en saberme ahí en medio de un gigantesco artecfacto arquitectónico. Aquello era como un laberinto tapizado de papel. Revistas. Libros. Rosas. Anaqueles. Más anaqueles. Yo sólo quería salir del artificio como Ícaro. Volar.

En el sueño ella aparece justamente igual al encuentro a las Afueras. El MUAC y sus enormes cristales transparentes dejan de serlo y toman un color vino. Estamos entonces en la cochera del edificio de mi infancia. A las Afueras.

Un encuentro en vilo. Ella sonríe como si esperara mi salida. Y yo la observo a los ojos con ternura. Le digo que tengo libros, que he leído. Y ella entonces me dice que debo de dejar de leer. Escribe tu libro. Ya estás lista. Y entonces una fina lluvia empieza a caer sobre nosotras. Toma mis manos y damos vueltas y vueltas. Una inmesa alegría nos invade a las dos. Veo caer la lluvia sobre su cabeza, su rostro feliz. Despierto. Rosa otra vez.

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